|
La Pasión de Cristo La Película
Datos generales:
"The Passion", la última película producida por Mel Gibson, llevá a la pantalla grande las últimas 12 horas de la vida de Jesucristo, en el día de su crucifixión en Jerusalén. El guión, del que Gibson es co-autor, se basa en los diarios de la mística Ana Catalina Emmerich (1774-1824) presentados en el libro "La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo", y fue traducido al latín y arameo por lingüistas jesuitas en Los Angeles.
La Producción y el rodaje comenzaron el 4 de noviembre del 2002 en Matera y Craco, al sur de Italia, luego el set se transladó a los estudios de CINECITTÁ, en Roma para las escenas de interiores.
En una entrevista para el New York Daily News, Gibson dijo sobre la ciudad de Matera:
"Los barrios de esta ciudad tienen aproximadamente 2,000 años de antigüedad , y la arquitectura, los ladrillos de piedra, las áreas circundantes y el terreno rocoso, dieron la vista y el telón de fondo que necesitábamos para las suntuosas escenas de Jerusalén. Hemos sido muy exigentes para representar la apariencia de la Jerusalén de ese tiempo. De hecho, la primera vez que vi este lugar, casi me "volví loco"...era tan perfecto."
Mel Gibson, quien se dedica únicamente a la dirección y producción de este film, eligió iniciar el rodaje en el mes de noviembre, por la particular luz que cae sobre la antigua ciudad de Matera. El paisaje alrededor de ésta luce similar al Jerusalén del tiempo de Jesús. Más aún, la parte antigua de Matera (Sassi), abandonada hace 50 años, mantiene la apariencia de una ciudad de hace 2,000 años.
Toda la película está realizada en latín y arameo. Mel Gibson es el director y Jim Caviezel, el protagonista, encarna a Jesús. La producción está a cargo de ICON Productions; una empresa propia de Mel Gibson.
Alrededor de un millar de extras forman parte del elenco de esta producción: soldados romanos, palestinos y discípulos. Gibson se ha esforzado en mostrar todo exactamente tal cual fue hace 2,000 años.
La película vió la luz en Estados Unidos el miércoles de ceniza, Febrero 25 de 2004. Su estreno en Latino América fue en diferentes fechas según el país.
El esfuerzo en la realización:
La temperatura en Matera es muy baja en el tiempo que fue gravada y la mayoría de los actores tuvieron que usar ropa muy ligera. Cuando están en el movimiento de la filmación no es mayor problema, pero cuando quieren cambiarse de ropa, sólo contaron con dos camerinos para 1000 personas, por lo que sólo les quedaba esperar su turno, en el frío, alrededor de 2 horas.
En una entrevista concedida al diario canadiense Globe and Mail desde Sassi di Matera, el testimonio de Caviezel estremeció a la reportera Gayle MacDonald . Según MacDonald, el trabajo de Caviezel ha trascendido el intenso frío del invierno italiano y el dolor de huesos, no en vano pasó los últimos 15 días casi desnudo colgado en una cruz para escenificar la Crucifixión.
"Cuando el viento toca la cruz, a tantos pies de altura, el aire te congela los huesos. La cruz comienza a temblar y piensas que se va a romper. Todo lo que haces es moverte y rezar", confiesa el actor que agrega no haber estado nunca tan exhausto, ni atravesar tanto dolor físico y mental.
"Después de mi primer día en la cruz, casi llego a la hipotermia. Debieron traer calentadores que funcionaban bien cuando había viento pero cuando el clima se calmaba, podían quemarme las piernas. Trataba de comer algo, pero solo tenía náuseas. Sabía que este papel sería el más duro y difícil de mi carrera. También ha sido increíble", señala Caviezel.
El elenco de actores de la película se han quedado verdaderamente sorprendidos por la profunda fe de Jim Caviezel. Todos los días que duró la filmación, a pesar del duro trabajo y el desgaste físico, Caviezel se acercaba a la Iglesia para recibir la Santa Comunión. Durante las pausas del rodaje, se le veía siempre silencioso y pensativo, completamente involucrado con Jesús. Siempre se le veía acompañado de un sacerdote con quien conversaba en privado o rezaba el Rosario.
El adelanto de algunas escenas:
Una de las primeras escenas es la de Judas. Cuando éste se ahorca luego de haber traicionado a Jesús, muchos niños corren alrededor de él, representando simbólicamente los pensamientos malignos de este personaje.
Cerca a la ciudad de Matera, en una cabaña ubicada dentro de una reserva natural nacional, se construyó la escenografía para las tomas que muestran a Jesús niño. Si bien la película trata sobre las 12 últimas horas de la vida de Jesús, durante su crucifixión, él recuerda escenas de su niñez.
El film presenta una secuencia de escenas de la crucifixión de un realismo sin precedentes, intercalada con algunos "flashbacks" (saltos al pasado), en los que se contrasta, por ejemplo, la caída de Jesús con la cruz, y un episodio de la infancia donde se ve a María corriendo con la misma premura para recoger a su pequeño hijo caído a causa de un tropiezo.
Entre los claroscuros de la crucifixión, la crudeza de los azotes, insultos y dolores de Jesús interpretado por Jim Caviezel, aparece la imagen de María reflejando al mismo tiempo dolor y entereza, y que repentina y simbólicamente aplasta la cabeza de una serpiente que serpea por tierra.
Lo que Gibson buscaba con «La Pasión», lo ha conseguido: golpea
Messori ha sido uno de los pocos periodistas europeos en visionar la última producción cinematográfica de Mel Gibson. Relata en este artículo, en exclusiva para LA RAZÓN, el impacto que le produjo tras ver las dos horas y seis minutos del metraje de «La Pasión».
Por: Vittorio MESSORI
En la salita insonorizada, la luz se vuelve a encender después de dos horas y seis minutos. Somos apenas una docena, de muchos países, conscientes de nuestro privilegio: por invitación de Mel Gibson y del productor Steve Mc Eveety, somos los primeros en Europa en ver la cinta recién llegada de Los Ángeles. La misma que el próximo miércoles se estrenará en dos mil salas americanas, en quinientas inglesas, en otras tantas australianas, la misma que ha llevado al colapso a todos los sitios de internet y que en la primera semana recuperará los 30 millones de dólares de coste de la producción. Ni siquiera el Papa ha visto más que una versión provisional, a la que le faltaba, entre otras cosas, parte de la banda sonora. Pero sí, esta tarde somos los primeros (los españoles la verán el 2 de abril y los italianos tendrán que esperar hasta el día 7, Viernes de Dolores).
Llorando en silencio
Cuando terminan de pasar los títulos de crédito, donde los nombres americanos se alternan con los italianos, donde los agradecimientos al ayuntamiento de Matera se alienan junto al nombre de teólogos y especialistas en lenguas antiguas; cuando el técnico le da al interruptor que enciende las luces, la salita sigue en silencio. Dos mujeres lloran, silenciosamente; el monseñor en clergyman que tengo a mi lado está palidísimo, con los ojos cerrados; el joven secretario atormenta nervioso un rosario; un tímido, solitario comienzo de aplauso se apaga enseguida, avergonzado. Durante larguísimos minutos nadie se levanta, nadie se mueve, nadie habla. Así que lo que nos anunciaban era cierto: «The Passion of The Christ» nos ha golpeado; el efecto que Gibson pretendía se ha realizado en nosotros, primeros cobayas. Yo sigo desconcertado y mudo: durante años he pasado por la criba, una por una, las palabras del griego con las que los evangelistas narran aquellos hechos; ninguna minucia histórica de aquellas horas en Jerusalén me es desconocida, he estudiado un libro de cuatrocientas páginas que tampoco Gibson ha ignorado. Lo sé todo. O mejor, ahora descubro que creía que sabía: todo cambia si aquellas palabras se traducen en imágenes que logran transformarlas en carne y sangre, en arañazos de amor y de odio.
Mel lo ha dicho con orgullo y humildad a la vez, con un pragmatismo mezclado con misticismo que hace de él una mixtura singular: «Si esta obra falla, durante cincuenta años no habrá futuro para el cine religioso. En esta película hemos echado el resto: todo el dinero que hacía falta, prestigio, tiempo, rigor, el carisma de grandes actores, la ciencia de los eruditos, la inspiración de los místicos, experiencia, técnica de vanguardia y, sobre todo, nuestra certeza de que valía la pena, de que lo que ocurrió en aquellas horas incumbe a cada hombre. Con este Hebreo tendremos que vérnoslas todos después de la muerte. Si no lo logramos nosotros, ¿quién podrá hacerlo? Pero lo conseguiremos, estoy seguro: nuestro trabajo ha estado acompañado de demasiados signos que me lo confirman».
En efecto, en el set ha ocurrido más de lo que se sabe, y muchas cosas quedarán en el secreto de las conciencias: conversiones, liberaciones de las drogas, reconciliaciones entre enemigos, abandono de lazos adúlteros, apariciones de personajes misteriosos, explosiones de energía extraordinarias, extras que se arrodillaban al paso del extraordinario Caviezel-Jesús, hasta dos relámpagos, uno de los cuales alcanzó la cruz, y que no han herido a nadie. Y después, casualidades leídas como signos: la Virgen con el rostro de la actriz judía de nombre Morgenstern, que se dieron cuenta después es, en alemán, la «Estrella de la mañana» de la letanía del Rosario.
Comprender con el corazón
Gibson se ha acordado de la advertencia del Beato Angélico: «Para pintar a Cristo, hacer falta vivir con Cristo». El ambiente en la ciudad de Matera y en los estudios de Cinecittà parece haber sido aquel de las sagradas representaciones medievales, de las procesiones de flagelantes en peregrinación. Un carro de Tespis del siglo XIV, para el que, cada tarde, un sacerdote con sotana negra de larga fila de botones celebraba una misa en latín, según el ritual de San Pío V. Aquí está la razón verdadera de la decisión de hacer hablar a los judíos en su propia lengua popular, el arameo, y a los romanos en un latín vulgar, de militares, que nos hiere el oído a los viejos alumnos del Liceo, acostumbrados a los refinamientos ciceronianos.
Gibson, católico, amante de la tradición, es un acérrimo seguidor de la doctrina afirmada en el Concilio de Trento: la Misa es sobre todo sacrificio de Jesús, renovación incruenta de la Pasión. Esto es lo que importa, no el «comprender las palabras», como quieren los nuevos liturgos, de cuya superficialidad se lamenta Mel, porque le parece blasfema. El valor redentor de los actos y de los gestos que tienen su cumbre en el Calvario no necesita de expresiones que todo el mundo pueda comprender. Esta película, para su autor, es una Misa: hágase, por tanto, en una lengua oscura, como lo ha sido durante tantos siglos. Si la mente no comprende, mejor. Lo que importa es que el corazón entienda que todo lo que sucedió nos redime del pecado y nos abre las puertas de la salvación, como recuerda la profecía de Isaías que se presenta como prólogo a toda la película.
El prodigio, por tanto, me parece que se ha realizado: pasado un rato, se abandona la lectura de los subtítulos para entrar, sin distracciones, en las escenas -terribles y maravillosas- que se bastan a sí mismas.
En el plano técnico, el film es de una altísima calidad. Pasolini, Rossellini, el propio Zeffirelli, quedan reducidos a parientes pobres y arcaicos: en Gibson hay una luz sabia, una fotografía magistral, un vestuario extraordinario, escenografías desoladas y, cuando es necesario, suntuosas; un maquillaje de increíble eficacia, unos grandes profesionales, vigilados por un director que es también un ilustre colega. Y, sobre todo, unos efectos especiales tan apabullantes que, como nos decía Enzo Sisti, el productor ejecutivo, quedarán en secreto, confirmando el enigma de la obra, donde la técnica quiere estar al servicio de la fe. Una fe en su versión más católica con el beneplácito del Papa y de tantos cardenales, incluido Ratzinger de la que «La Pasión» es un manifiesto lleno de símbolos, que sólo un ojo competente es capaz de discernir del todo. Haría falta un libro (dos, de hecho, están en preparación) para ayudar al espectador a comprender.
En síntesis, la «catolicidad» radical de la película reside sobre todo en el rechazo de cualquier desmitificación, en tomar los Evangelios como crónicas precisas: las cosas, se nos dice, fueron así, como las Escrituras lo describen. El catolicismo está en el reconocimiento de la divinidad de Jesús que convive con su plena humanidad. Una divinidad que irrumpe en la sobrehumana capacidad de aquel cuerpo de sufrir una cantidad de dolor como nadie ha sufrido antes ni después, en expiación de todo el pecado del mundo.
Una «catolicidad» radical (que, preveo, pondrá en dificultades a algunas Iglesias protestantes, ya generosamente movilizadas para alentar la distribución) también en el aspecto «eucarístico», reafirmado en su materialidad: la sangre de la Pasión está siempre unida al vino de la Misa y la carne martirizada, al pan consagrado. Y está también en el tono fuertemente mariano: la Madre y el Diablo (que es mujer, o quizá andrógino) son omnipresentes, la una con su dolor silencioso; el otro o la otra con su complacencia maligna. De Anna Caterina Emmerich, la vidente estigmatizada, Gibson ha tomado intuiciones extraordinarias: Claudia Prócula, la mujer de Pilatos, que ofrece, llorando, a María los paños para recoger la sangre de su Hijo, está entre las escenas de mayor delicadeza del filme, que, más que violento, es brutal. Como brutal fue, recuerdo, la Pasión. Si al martirio se dedican dos horas, dos minutos bastan para recordar que no fue aquella la última palabra: del Viernes Santo, a la Resurrección, que Gibson ha resuelto acogiendo una lectura de las palabras de san Juan, que también yo propuse. Un «vaciamiento» del sudario, dejando un signo suficiente para «ver y creer» que el reo ha triunfado sobre la muerte.
¿Antisemitismo?
¿Antisemitismo o antijudaísmo? No bromeemos con palabras demasiado serias. Vista la película, creo que tienen razón los judíos americanos que amonestan a sus correligionarios a no condenar la película antes de verla. Queda clarísimo que lo que pesa sobre Cristo y lo reduce a aquel estado, no es la culpa de éste o de aquél, sino el pecado de todos los hombres, sin excluir a ninguno. A la obstinación de Caifás en pedir la crucifixión (aquel saduceo colaboracionista que no representaba al pueblo judío: el Talmud tiene para él y su suegro palabras terribles) hace abundante contrapeso el sadismo inaudito de los verdugos romanos; a las vilezas políticas de Pilatos, se opone el coraje del miembro del Sanedrín episodio añadido por el director que se enfrenta al Sumo Sacerdote gritándole que aquél proceso es ilegal. ¿Y no es acaso judío el Juan que sostiene a la Madre, no es judía la piadosa Verónica, no es judío el impetuoso Simón de Cirene, no son judías las mujeres de Jerusalén que gritan su desesperación, no es judío Pedro, que, perdonado, morirá por el Maestro? Al comienzo de la película, antes de que el drama se desencadene, la Magdalena pregunta, angustiada, a la Virgen: «¿Por qué esta noche es tan diferente a cualquier otra?». «Porque responde María todos los hombres son esclavos, y ahora ya no lo serán más». Todos, pero absolutamente todos. Sean «judíos o gentiles». Esta obra, dice Gibson, amargado por agresiones preventivas, quiere reproponer el mensaje de un Dios que es Amor. ¿Y qué Amor sería este si excluyese a alguien?
Una Obra de Arte Cristiano
El 25 de febrero de 2004, miércoles de ceniza, llegó a la pantalla grande La Pasión de Cristo, una representación cinematográfica de las últimas doce horas de la vida de Jesucristo. El alma de esta película es Mel Gibson, su director y co-autor del guión; la ha financiado con 25 millones de dólares de su bolsillo y ha debido defenderla de varios intentos de boicot y de acusaciones injustas y desmesuradas.
La Pasión de Cristo es ya un hito en la historia del cine. La expectación -entusiasta o llena de animadversión- que la película ha suscitado antes del estreno, en parte provocada por las polémicas de que fue objeto, ha sido superior a la suscitada por cualquier otra película, a pesar de haber sido boicoteada por las grandes agencias de distribución de películas. Durante la filmación muchos dudaron que pudiera tener éxito y, sin embargo, ahí está... rompiendo esquemas y previsiones.
El fenómeno La Pasión de Cristo puede ser considerado -como en el presente artículo- a tres niveles: uno, superficial, se queda en la crónica cinematográfica; otro, puede detenerse en el análisis de los motivos de la polémica; y, finalmente, como explicación profunda del fenómeno, puede ahondarse en lo que, en mi opinión, constituye la razón de ser de la originalidad y belleza de esta película: se trata de una verdadera obra de arte; y más en particular, de una genuina obra de arte cristiano.
1. Crónica cinematográfica
Bajo la dirección de Mel Gibson, el trabajo de producción y rodaje de la película comenzó el 4 de noviembre del 2002 en Matera y Craco, al sur de Italia, para aprovechar la particular luminosidad de esas semanas de invierno. Las escenas de interiores fueron filmadas, posteriormente, en Roma, en los estudios de Cinecittà. La parte antigua de Matera, abandonada hace 50 años, mantiene la apariencia de una ciudad de hace 2000 años; su arquitectura y el paisaje de las áreas circundantes asemeja a las construcciones y parajes de la Jerusalén del tiempo de Jesús.
Rodada en dos lenguas muertas, latín y arameo, la película no iba a tener subtítulos. Durante meses, Mel Gibson quiso omitirlos con la intención de ofrecer una película lo más fiel posible a la historia real. De este modo, no doblada a ningún idioma, en cualquier rincón del mundo los espectadores asistirían a la pasión de Cristo representada por actores que se expresan -en opinión de Mel Gibson- en las lenguas habladas de la Palestina de los tiempos de Jesús.
Por sí solas, las imágenes deberían ser capaces de contar el drama. Una decisión de este tipo exigió a los actores dar lo mejor de sí mismos. Deberían ser capaces de expresar "todo" sin el auxilio de las palabras. El reparto es de primer nivel: Jim Caviezel (Jesús), Rosalinda Celentano (Satanás), Maia Morgenstern (María, la Madre de Jesús), Monica Bellucci (María Magdalena), Ivano Marescotti (Pilato), Claudia Gerini (mujer de Pilato), Luca Leonello (Judas). Alrededor de un millar de extras completan el elenco de esta producción: discípulos, soldados romanos y población palestina.
La intención de Gibson ha sido mostrar todo exactamente tal cual fue hace 2000 años. Algunos de sus colaboradores y muchos invitados a las proyecciones previas de una versión subtitulada, presentada en privado, dudaban de que, sin subtítulos, pudiera lograrse la admirable síntesis de historia y teología que se alcanza con ellos. Al final, Gibson ha cedido, en beneficio de la comprensión de la película. Una cosa parece cierta: los autores, bajo la dirección magistral de Gibson y quizás estimulados por el reto de deber expresarse sin el apoyo de lenguas inteligibles, han realizado una puesta en escena extraordinaria.
La historia se centra en las doce últimas horas de la vida de Jesucristo, desde la agonía en el Huerto de Getsemaní hasta la muerte en cruz, y está abierta a la resurrección. Se trata -dice el director- de la historia del más grande de los heroísmos, del amor más grande. La historia de un hombre extraordinario que da la vida por los demás; un hombre, Jesús, que los cristianos creemos que es verdadero hombre y verdadero Dios.
La historia de quien, consciente y voluntariamente, va a su pasión y muerte para salvar a los hombres de la muerte eterna. Un hombre muere a causa de nuestros pecados y para la redención de los pecados de todos. De todos los pecados.
Y en primer lugar, por los pecados de los protagonistas de la pasión: Judas lo traiciona, el Sanedrín lo acusa con mentira y lo condena injustamente, los discípulos lo dejan sólo, Pedro lo niega tres veces, Herodes se burla de él, Pilatos se lava las manos irresponsablemente, la muchedumbre manipulada pide a gritos su ejecución, los soldados romanos lo flagelan, humillan y crucifican sin piedad.
Y entre todos los personajes se mueve la presencia insidiosa de Satanás que desde el Huerto a la Cruz acecha los pasos de Cristo para ver si cede ante los tormentos, si renuncia a su misión. En la primera escena de la película Jesús libra el combate, la agonía, del Huerto, y Satanás es vencido: un enérgico pisotón de Jesús a la cabeza de una serpiente recuerda la promesa de Génesis 3, 15: "Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar"
La interpretación de María, la madre de Jesús, es magnífica. Su presencia discreta, dulce y fuerte acompaña a Cristo durante toda la pasión. La madre, desde la fe y con el corazón, participa hondamente de la pasión, penetra progresivamente en el misterio, recoge la sangre preciosa derramada en la flagelación, besa las llagas del hijo.
El film intercala algunos "flashbacks" (saltos al pasado) que permiten penetrar en el alma de los personajes y en el sentido de las acciones. Uno de ellos compara la carrera de María para ayudar a Jesús caído bajo la pesada cruz, y un episodio de la infancia donde se ve a María corriendo con la misma premura para recoger a su pequeño hijo caído tras un tropiezo. En otros nos es descubierta la íntima conexión de la Ultima Cena-Eucaristía y el Sacrificio de la Cruz. En otros, la luminosa vida cotidiana de la Sagrada Familia en Nazaret contrasta con la sordidez de un juicio injusto y amañado, y con la villanía y crueldad de los azotes, insultos y burlas.
Algunas escenas no evangélicas, tomadas de algunos escritos de místicos de la pasión, parecen incluidas para interpretar y penetrar el misterio que se realiza. Así cuando Judas está para ahorcarse, después de haber traicionado a Jesús, unos niños que corren alrededor de él y lo incordian, representan simbólicamente los turbios pensamientos que lo están atormentando.
El título en inglés de esta producción de ICON Productions iba a ser The Passion, pero por motivos del registro de derechos hubo que cambiarlo a The Passion of Christ, pues ya existe otro proyecto de la distribuidora Miramax con ese nombre y, además, el director quiso evitar confusiones con otras películas. El film es distribuido en Estados Unidos por Newmarket Films, una pequeña compañía especializada en películas independientes de calidad. La empresa Aurum Producciones ha adquirido los derechos de distribución para España. Gibson se ha reservado los derechos de distribución en Australia y en Gran Bretaña.
2. Las polémicas previas al estreno
Durante el verano y otoño del año 2003, un borrador de la película fue presentado en Estados Unidos y en Italia a pequeños grupos de católicos y evangélicos, a personajes del mundo religioso y político y a responsables de medios de comunicación. Las presentaciones tenían por objetivo recoger impresiones de los cristianos, calibrar las reacciones y salir al paso de rumores o abiertas acusaciones que habían comenzado a circular. Los productores querían demostrar la falsedad de las acusaciones contra la película de antisemitismo y de falta de rigor histórico.
La cuestión del antisemitismo
Profundamente ofendido, Mel Gibson niega las acusaciones de difamación antisemita hechas a su persona y a la película. Sin haber visto la película, las organizaciones judías Liga Anti Difamación y el Centro Simon Weisenthal han hecho declaraciones de este tipo. Ambas organizaciones -apunta Gibson- tienen, lamentablemente, un largo historial de confrontación con la Iglesia Católica; ambas se han dedicado a difamar la memoria del Papa Pío XII y para ambas el Evangelio es, en sí mismo, antisemita. "El antisemitismo -precisa- no sólo es contrario a mis creencias personales sino que también es contrario al mensaje de mi película. No odio a la gente y, ciertamente, no odio a los judíos; tengo amigos y socios judíos.
La Pasión de Cristo es una película hecha para inspirar, no para ofender. Mi intención al llevarla a la pantalla es crear una obra de arte que quede y motive la reflexión en las audiencias de distintos credos o de ninguno, a los que la historia les es familiar». Mel Gibson y Jim Caviezel son católicos y el guión fue escrito por católicos, pero el reparto y el equipo de producción está integrado por cristianos de distintas denominaciones, judíos, musulmanes, budistas y hasta agnósticos.
Voces representativas cristianas y judías han salido en defensa de la película: la actriz rumana, Maia Morgenstern, judía e hija de un superviviente del Holocausto, que interpreta en la película a la Virgen María, afirma en declaraciones al The Jewish Journal que el filme no es antisemita. Dean Devlin, coproductor de Braveheart, después de ver la presentación previa dice: "No he encontrado en ella el menor antisemitismo, y yo soy judío".
Keith Fournier, abogado constitucionalista que ha participado en importantes casos sobre la libertad religiosa ante la Corte Suprema de Estados Unidos, asistió a una proyección privada en Washington DC junto con otras personalidades políticas y sostiene que la acusación de antisemitismo no tiene sentido.
La defensa más vigorosa de la película procede de un rabino ortodoxo, Daniel Lapin, uno de los líderes judíos más respetados de Estados Unidos, fundador y director de la organización Toward Tradition dedicada a fortalecer las buenas relaciones entre judíos y cristianos.
En un artículo publicado en Jewsweek (3-X-03) salió al paso de la campaña que algunas organizaciones judías libraban contra la película y defiende que "estas protestas contra The Passion no sólo son moralmente indefendibles sino que resultan estúpidas". Ante todo, "tienen muy pocas posibilidades de conseguir cambios en la película. Gibson es un artista y un católico de honda convicción de la que es expresión su película. Por ello, el motivo que le ha llevado a hacer la película no es comercial. Además, cualquiera que haya visto su Braveheart puede comprobar la profunda identificación de Mel Gibson con el héroe de esta cinta épica, que prefiere ser despedazado antes que traicionar sus principios. ¿Cree alguien probable que Gibson pacte con las organizaciones judías?".
Lapin también considera errados los ataques contra Gibson porque "aunque puedan venir bien a las organizaciones judías que recaudan fondos con el espectro del antisemitismo, o a los periodistas judíos que en el New York Times o en otros medios quieren hacer carrera, desde luego no responden en absoluto a los intereses de la mayoría de los judíos norteamericanos que viven en confortable armonía con sus conciudadanos cristianos. Muchos cristianos ven todo esto no sólo como ataques a Mel Gibson o como meras críticas contra su película, sino, con alguna razón a mi juicio, como ataques contra todos los cristianos".
Eugene Korn, director de asuntos interreligiosos de la Liga Antidifamación Judía, uno de los "estrategas" que diseñó la campaña para censurar la película con la acusación de antisemita, y tal vez su más escandaloso detractor, se vio obligado a presentar su renuncia a la Liga en medio de cuestionamientos por la agresiva reacción del grupo ante el film cristiano. También son contrarios a la campaña de la Liga el rabino Yechiel Eckstein, presidente y fundador de la International Fellowship of Christians and Jews y Michael Medved, un crítico de cine y ortodoxo judío.
El cardenal Darío Castrillón, prefecto de la Congregación para el Clero, uno de los invitados a las presentaciones previas de la película declara en una entrevista al diario La Stampa (18-IX-2003): "El antisemitismo, como toda forma de racismo, distorsiona la verdad a fin de denigrar a toda una raza de personas. La película no hace nada de esto. Basada en la objetividad histórica de los relatos evangelios hace surgir sentimientos de perdón, misericordia y reconciliación. Retrata los horrores del pecado, a la vez que el suave poder del amor y el perdón, sin hacer ni insinuar siquiera condenas en contra de un determinado grupo. Esta película comunica exactamente lo opuesto: que aprendiendo del ejemplo de Cristo, no debería existir más violencia contra otro ser humano". Algunas personas no comparten la idea de que la película sea fiel a la historia y han constituido el segundo frente de la polémica.
La cuestión de la historicidad
Mel Gibson repite, convencido, que su película corresponde a la verdad de los hechos históricos, que "es conforme a lo que los cuatro Evangelios del Nuevo Testamento nos cuentan sobre la pasión y muerte de Cristo" y que quien espere un relato fiel a la vida de Cristo no saldrá decepcionado. A la vez, y sin ningún reparo, admite que para algunos pasajes se ha inspirado en las visiones de algunos "místicos" de la pasión; principalmente en las de una religiosa alemana en proceso de beatificación, Anna Katharina Emmerick (1774-1824), que llevó consigo los estigmas de la Pasión del Señor y recibió carismas extraordinarios. Ella misma describió sus visiones en el libro "La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo". Gibson justifica su opción por la crucifixión de las manos y no de las muñecas, como parece más probable históricamente, diciendo que "la posibilidad de que Jesús haya sido crucificado en las muñecas tiene fundamento, pero la tradición ha representado a Jesús con heridas en las manos y, a lo largo de la historia, los santos que recibieron los estigmas del Señor, los presentaron también en las manos".
Un grupo de expertos católicos y judíos americanos, al parecer con algún respaldo inicial en algún comité de la conferencia episcopal de los Estados Unidos, declaró que el guión de la película contenía "errores históricos" y que su visión de las figuras judías no era correcta. Sorprende, sin embargo, que un comité interreligioso de expertos se haya basado en una versión primitiva del guión (una versión "robada" y muy diferente de la actual, según la productora). Paula Fredriksen, profesora de Escritura en Boston University, autora de Jesus of Nazareth, King of the Jews, un estudio histórico de las últimas doce horas de la vida de Jesús, afirma que el guión los sobresaltó.
"Nosotros señalamos sus errores históricos y -como Gibson había proclamado su Catolicismo- sus desviaciones de los principios magisteriales de interpretación bíblica. Concluimos con algunas recomendaciones generales sobre algunos cambios en el guión" (The New Republic, 28-VII-2003). El 21 de julio de 2003 Mel Gibson tuvo un encuentro con Mons. William P. Fay, secretario general de la conferencia episcopal de Estados Unidos, para aclarar términos y manifestar sus buenas disposiciones (Inside the Vatican, 16-VIII-03).
Algún defensor de las licencias históricas de Mel Gibson usa un argumento bastante débil que suena así: "Desde Jesucristo Superstar a La última tentación de Cristo estamos acostumbrados a que un cineasta entre a saco en los Evangelios para recrear su particular visión de la vida de Cristo. Si alguien se escandaliza y reclama fidelidad al texto evangélico, se le etiqueta de conservador y se le recuerda que la creatividad del artista no está atada por la letra del texto. Si alguien se siente ofendido por la 'recreación', se le responde que, por supuesto, no hay ningún ánimo de ofender, pero que la libertad de expresión no admite censuras ni cortapisas de sensibilidades heridas. Pero llega The Passion, recreación de las últimas horas de Jesucristo antes de morir en la cruz, y ese tradicional cliché ya no vale". El argumento es débil porque no afronta el problema de la historicidad. Ciertamente, en la creación de su obra un artista es libre para hacer muchas opciones artísticas. Cabe, sin embargo, preguntarse por qué motivo Mel Gibson introduce elementos ajenos al Evangelio o a serios estudios históricos sobre el tiempo de Jesús, si su intención era presentar la pasión "como fue".
Esta pretensión de completa historicidad, declarada repetidamente por Gibson, puede justificar algunas intervenciones críticas de estudiosos de la Sagrada Escritura y de la cultura e historia del tiempo de Jesús. De otro modo, no se entiende este "celo", esta preocupación e intervención de los estudiosos que se ponen a juzgar la "ortodoxia histórica" de una película.
No le han faltado al director, también en esta polémica, defensores de renombre. Ted Haggard, presidente de la Asociación Nacional Evangélica, cuyos teólogos valoran mucho la cita exacta de la Biblia, declaró que la película es "la representación más auténtica que jamás he visto". El arzobispo de Denver, Mons. Charles Chaput, considera que la película es una obra de arte y extraordinariamente fiel al Evangelio, y que para Mel Gibson, hacer la película ha sido un acto de fe y algo enormemente significativo (National Catholic Register, 14-X-2003). Augustine Di Noia, subsecretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, después de ver la película dijo que "sin ser un trabajo documental, sino de imaginación artística, la película de Gibson es absolutamente fiel al Nuevo Testamento: incorpora elementos de la Pasión de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, manteniéndose fiel a la estructura fundamental común a los cuatro relatos" (Zenit, 10-XII-2003).
En cada una de estas valoraciones hay elementos de notable interés para hacer un juicio ponderado de la película: en ella se integran la fidelidad a los hechos, la libertad artística y la penetración creyente en el misterio. La película cuenta la historia evangélica de una manera dramáticamente hermosa. Los hechos narrados en los evangelios corresponden a acontecimientos reales. Los cuatro evangelistas son conscientes de contar hechos históricos, pero más todavía acontecimientos salvíficos. Los evangelios son la narración de una historia, penetrada por la fe, expresada por la fe, aceptada y vivida en la fe.
Mel Gibson es un artista y un cristiano; no es un evangelista -en primer lugar porque no está divinamente inspirado- pero comparte con ellos su esfuerzo por comunicar unos hechos que la fe descubre, reconoce y confiesa como salvíficos. Gibson se siente con el derecho de contar las cosas como sucedieron, porque se trata de un mensaje que interesa a todos los hombres; y cada uno de ellos tiene, también, el derecho a escuchar la verdad. Como artista, Gibson se siente con la libertad de crear una obra de arte que logre comunicar su "inspiración artística".
La inspiración no es ajena a la vida del artista. Gibson ha confesado que desde que tenía 35 años la Pasión de Cristo lo persigue. A esa edad tuvo la gracia de penetrar en el misterio de amor divino revelado en la pasión. Ese misterio puede iluminar la vida de los hombres, sobre todo las dimensiones más oscuras y misteriosas como son su dolor y la derrota del pecado. El dolor y las heridas de Cristo en su pasión, las llagas en su rostro y en su cuerpo, tan duras a la vista, se revelen extraordinariamente hermosas cuando se descubren sufridas y soportadas voluntariamente por amor.
Muy relacionada con la polémica sobre la fidelidad histórica se halla la cuestión de la violencia de las escenas. Jim Caviezel, el actor que representa a Jesús, en una entrevista para el diario Globe and Mail asegura que lo sufrido realmente por Jesucristo fue mucho más duro de lo que han mostrado en la película. Hay mucha sangre. No se puede mentir. Sin embargo, la fidelidad a lo ocurrido no puede alejar al espectador del mensaje. "No vamos a llegar a un punto en el que la gente se sienta tan afectada por lo que ve en la pantalla que no saque nada del relato. No queremos -concluye Caviezel- eso". La violencia revela a la vez la maldad del pecado y la grandeza del amor de Dios.
Las escenas violentas no provocarán odio y rencor entre los espectadores porque "uno de los grandes logros de esta película -dice el cardenal Castrillón- es mostrar con precisión tanto el horror del pecado y del egoísmo como el poder redentor del amor. Al ver la película se suscitan en el espectador sentimientos de compasión y amor. Hace que el espectador desee amar más, perdonar, ser bondadoso y fuerte, no obstante los obstáculos, como Cristo lo fue incluso ante un sufrimiento tan terrible" (La Stampa, 18-IX-2003). Quizás éste sea uno de los mayores logros de la película: que, en el horror de la pasión, el amor brille con más fuerza que la sangre misma, y que aquel ante el cual uno ocultaría el rostro pueda ser contemplado con gratitud y amor.
El rabino Lapin cita unas declaraciones del cardenal Castrillón para responder a quienes acusan a Gibson de incurrir en errores sobre los verdaderos responsables de la muerte de Jesús: "Gibson ha tenido que tomar muchas opciones artísticas para conformar su retrato de los personajes y los acontecimientos que se dan cita en la Pasión, y ha completado la narración del Evangelio con las percepciones y reflexiones hechas por santos y místicos a lo largo de los siglos.
Mel Gibson no sólo sigue rigurosamente el relato evangélico, dando al espectador una nueva apreciación de esos pasajes bíblicos, sino que, gracias a sus opciones estéticas, ha hecho una película fiel al sentido de los Evangelios, tal y como los interpreta la Iglesia" (Jewsweek, 3 octubre 2003). La libertad de un artista creyente, que quiere ser fiel al evangelio, dan como fruto una obra que todos pueden apreciar. Pero quien de un modo particular la apreciará será el espectador que sintoniza con la fe que ha inspirado esta obra de arte.
Mientras veía la versión aún inconclusa de la película el cardenal Castrillón dice haber experimentado "momentos de profunda intimidad espiritual con Jesucristo. Es una película que lleva al espectador a la oración y reflexión, a una contemplación que conmueve el corazón. De hecho - y se lo dije al señor Gibson después de la proyección - yo con gusto cambiaría algunas de las homilías que he dado acerca de la pasión de Cristo por alguna de las escenas de esta película" (La Stampa, 18-IX-2003).
Unas palabras de un espectador de excepción han sido ocasión para una larga polémica en los medios de comunicación: si Juan Pablo II pronunció o no la frase "es como fue" después de ver la película. El Director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, Joaquín Navarro-Valls, para aclarar el asunto publicó el jueves 22 de enero de 2004 una nota oficial: "Tras haber consultado con su secretario personal, el Arzobispo Stanislaw Dziwisz, confirmo que el Santo Padre ha tenido la oportunidad de ver la película The Passion of the Christ".
La nota además describe positivamente la película como "una adaptación cinematográfica del hecho histórico de la Pasión de Jesucristo según el relato evangélico". Esta descripción es relevante, considerando que una de las controversias en torno a la película había sido la de su fidelidad a los hechos históricos y al relato evangélico. Sin embargo, el comunicado anota que si el Pontífice hubiese dicho la frase "es como fue", ésta no debería ser tomada como un respaldo oficial: "Es costumbre del Santo Padre no expresar juicios públicos sobre obras artísticas, juicios que están siempre abiertos a diversas valoraciones de carácter estético".
El comunicado de Navarro Valls "tiene un doble propósito: parece responder a la evidente presión para distanciar al Papa de cualquier conexión directa con la película, al mismo tiempo que se le presta un limitado apoyo" (Inside the Vatican, 22-I-2004). El comunicado deja muy claro en su parte principal que el Papa no hace juicios públicos sobre "obras artísticas", porque al ser de naturaleza estética, y no doctrinal o moral, el juicio de obras de arte como las películas, está fuera de la competencia papal.
Historia, fe y arte, en esta película, parecen inseparables. El especialista en Sagrada Escritura, en cultura oriental, en teología espiritual o en arte cinematográfica podrá hacer un análisis minucioso de la obra y, quizás sobre todo en la fidelidad histórica, encontrar deficiencias o hacer reparos. Un análisis de este tipo no es difícil. Lo meritorio es la síntesis artística, la obra creativa de artista. La Pasión de Cristo es una obra extraordinariamente bella, si por belleza entendemos la "manifestación sensible de la idea" (Hegel). Un reparo parece, sin embargo, inevitable. ¿Hacía falta recurrir a las visiones de una mística, que no necesariamente relatan verdades históricas, para comunicar la experiencia de fe? Hubiera preferido que Mel Gibson no recurriese a ellas. Pero, por otra parte, ¿es tan grave haberlo hecho? De hecho, no desdibuja los méritos artísticos de la obra, y no impedirá, posiblemente, el fruto de una obra que su director, productores y varios de los artistas han pretendido. Quizás sean esas las libertades que los artistas se pueden permitir.
3. Una obra de arte cristiano
La calidad artística de Mel Gibson es indiscutible, como lo es, también, su adhesión creyente a la fe cristiana y su deseo de ser fiel a la historia evangélica. El resultado de estos ingredientes es una obra de arte cristiano. "Esta película -dice el cardenal Castrillón- es un triunfo del arte y de la fe. Será una herramienta para explicar la persona y el mensaje de Cristo. Estoy seguro de que ayudará a todos los que la vean -tanto cristianos como no cristianos- a ser mejores. Acercará a las personas a Dios y entre sí".
A la luz de esta obra y de este artista, parecen hacerse concretas y plásticas algunas ideas expresadas por Juan Pablo II en La carta de a los artistas del 4 de abril de 1999. La carta está dirigida "a los que con apasionada entrega buscan nuevas «epifanías » de la belleza para ofrecerlas al mundo a través de la creación artística", a los "geniales constructores de belleza". El artista imita de un modo propio al Creador. Sólo Dios es "creador" en sentido estricto, pues sólo él da el ser mismo y "saca" algo de la nada. El artífice, por el contrario, se sirve de algo ya existente para darle forma y significado (cf. n. 1). El artista no puede prescindir de su propia experiencia, pues al modelar una obra "el artista se expresa a sí mismo hasta el punto de que su producción es un reflejo singular de su mismo ser, de lo que él es y de cómo es" (n. 2).
La belleza que el artista expresa no es ajena al bien. "La belleza es en un cierto sentido la expresión visible del bien, así como el bien es la condición metafísica de la belleza" (n. 3). La Pasión de Cristo de Gibson no cae en el esteticismo. Su belleza es la manifestación sensible del bien más grande, que es el amor hasta el extremo de dar la vida.
Puede comprenderse que La Pasión de Cristo no sea sólo fruto de la fe de Gibson sino también un reclamo interior del artista que sólo a través de la representación de este misterio llega a su plenitud vocacional. "El artista vive una relación peculiar con la belleza. En un sentido muy real puede decirse que la belleza es la vocación a la que el Creador le llama con el don del «talento artístico»". Se trata de un talento que el artista -poeta, escritor, pintor, escultor, arquitecto, músico, actor, etc.- sabe que no puede malgastar y que ha de "desarrollarlo para ponerlo al servicio del prójimo y de toda la humanidad" (n. 3). La sociedad, tiene necesidad de artistas. Ellos prestan "un servicio social cualificado en beneficio del bien común" (n. 4)
Estas verdades valen para todo artista, pero de un modo particular para el artista cristiano que expresa en su obra el misterio de Cristo, Verbo encarnado. La ley del Antiguo Testamento prohíbe representar a Dios invisible e inexpresable con la ayuda de una "imagen esculpida o de metal fundido" (Dt 27, 25), porque Dios transciende toda representación material. Sin embargo, en el misterio de la Encarnación, el Hijo de Dios en persona se ha hecho visible. Dios se hizo hombre en Jesucristo.
"Esta manifestación fundamental del «Dios-Misterio» aparece como animación y desafío para los cristianos, incluso en el plano de la creación artística. De ello se deriva un desarrollo de la belleza que ha encontrado su savia precisamente en el misterio de la Encarnación. En efecto, el Hijo de Dios, al hacerse hombre, ha introducido en la historia de la humanidad toda la riqueza evangélica de la verdad y del bien, y con ella ha manifestado también una nueva dimensión de la belleza, de la cual el mensaje evangélico está repleto. La Sagrada Escritura se ha convertido así en una especie de «inmenso vocabulario» (P. Claudel) y de «Atlas iconográfico» (M. Chagall) del que se han nutrido la cultura y el arte cristianos" (n. 5). El Antiguo y el Nuevo Testamento han inspirado la imaginación de pintores, poetas, músicos, autores de teatro y de cine. "Desde la Navidad al Gólgota, desde la Transfiguración a la Resurrección, desde los milagros a las enseñanzas de Cristo, llegando hasta los acontecimientos narrados en los Hechos de los Apóstoles o los descritos por el Apocalipsis en clave escatológica, la palabra bíblica se ha hecho innumerables veces imagen, música o poesía, evocando con el lenguaje del arte el misterio del «Verbo hecho carne»" (n. 5).
La representación artística de la palabra bíblica "constituye un vasto capítulo de fe y belleza en la historia de la cultura, del que se han beneficiado especialmente los creyentes en su experiencia de oración y de vida. Para muchos de ellos, en épocas de escasa alfabetización, las expresiones figurativas de la Biblia representaron incluso una concreta mediación catequética. Pero para todos, creyentes o no, las obras inspiradas en la Escritura son un reflejo del misterio insondable que rodea y está presente en el mundo" (n. 5). San Gregorio Magno en una carta del año 599 al Obispo de Marsella, Sereno, decía que "la pintura se usa en las iglesias para que los analfabetos, al menos mirando a las paredes, puedan leer lo que no son capaces de descifrar en los códices". Quizás el séptimo arte pueda descubrir a los "analfabetos religiosos" de nuestro tiempo a ese Cristo que no han conocido en los evangelios.
Lo que Juan Pablo II dice de toda intuición artística adquiere nuevas e insospechadas dimensiones cuando el arte representa los misterios de la vida de Cristo: "La auténtica intuición artística va más allá de lo que perciben los sentidos y, penetrando la realidad, intenta interpretar su misterio escondido. Dicha intuición brota de lo más íntimo del alma humana, allí donde la aspiración a dar sentido a la propia vida se ve acompañada por la percepción fugaz de la belleza y de la unidad misteriosa de las cosas".
"Si ya la realidad íntima de las cosas está siempre «más allá» de las capacidades de penetración humana, ¡cuánto más Dios en la profundidad de su insondable misterio! El conocimiento de la fe es de otra naturaleza. Supone un encuentro personal con Dios en Jesucristo. Este conocimiento, sin embargo, puede también enriquecerse a través de la intuición artística" (n. 6). El arte es una vía privilegiada de expresión y comunicación de los misterios más ricos y profundos. "Toda forma auténtica de arte es, a su modo, una vía de acceso a la realidad más profunda del hombre y del mundo. Por ello, constituye un acercamiento muy válido al horizonte de la fe, donde la vicisitud humana encuentra su interpretación completa. Este es el motivo por el que la plenitud evangélica de la verdad suscitó desde el principio el interés de los artistas, particularmente sensibles a todas las manifestaciones de la íntima belleza de la realidad" (n. 6).
Aunque el misterio de Dios sea insondable y la limitación de los medios artísticos muy grande, los misterios de la fe pueden representarse. En la "lucha iconoclasta" del siglo VIII, las imágenes sagradas, "muy difundidas en la devoción del pueblo de Dios, fueron objeto de una violenta contestación. El Concilio celebrado en Nicea el año 787, que estableció la licitud de las imágenes y de su culto, fue un acontecimiento histórico no sólo para la fe, sino también para la cultura misma. El argumento decisivo que invocaron los Obispos para dirimir la discusión fue el misterio de la Encarnación: si el Hijo de Dios ha entrado en el mundo de las realidades visibles, tendiendo un puente con su humanidad entre lo visible y lo invisible, de forma análoga se puede pensar que una representación del misterio puede ser usada, en la lógica del signo, como evocación sensible del misterio. El icono no se venera por sí mismo, sino que lleva al sujeto representado" (n. 7).
Durante la Edad Media y el Renacimiento, fe, cultura y arte estuvieron estrechamente unidos y florecieron juntos. En la edad moderna, junto al humanismo cristiano que ha seguido produciendo significativas obras de cultura y arte "se ha ido también afirmando progresivamente una forma de humanismo caracterizado por la ausencia de Dios y con frecuencia por la oposición a Él. Este clima ha llevado a veces a una cierta separación entre el mundo del arte y el de la fe, al menos en el sentido de un menor interés en muchos artistas por los temas religiosos" (n. 10). Quizás a ese menor interés de los productores corresponda la sed de los consumidores y el extraordinario éxito que han tenido obras como la de Gibson o la serie de películas religiosas producidas por la televisión italiana.
La Iglesia, por su parte, sigue alimentando un gran aprecio por el arte como tal, pues "es por su naturaleza una especie de llamada al Misterio. Incluso cuando escudriña las profundidades más oscuras del alma o los aspectos más desconcertantes del mal, el artista se hace de algún modo voz de la expectativa universal de redención" (n. 10). Cuánto más si el objeto representado es la redención misma. Este arte cristiano, tanto en sus formas literarias como plásticas, no son meras ilustraciones estéticas, sino que a su modo son verdaderos "lugares" teológicos (cf. Marie Dominique Chenu, La teologia nel XII secolo, Jaca Book, Milán 1992, p. 9)
La Iglesia tiene necesidad del arte para transmitir el mensaje que Cristo le ha confiado. "En efecto, debe hacer perceptible, más aún, fascinante en lo posible, el mundo del espíritu, de lo invisible, de Dios. Debe por tanto acuñar en fórmulas significativas lo que en sí mismo es inefable. Ahora bien, el arte posee esa capacidad peculiar de reflejar uno u otro aspecto del mensaje, traduciéndolo en colores, formas o sonidos que ayudan a la intuición de quien contempla o escucha. Todo esto, sin privar al mensaje mismo de su valor trascendente y de su halo de misterio. La Iglesia necesita, en particular, de aquellos que sepan realizar todo esto en el ámbito literario y figurativo, sirviéndose de las infinitas posibilidades de las imágenes y de sus connotaciones simbólicas" (n. 12). Ante esta "eficacia" comunicativa del arte, no resulta exagerada la expresión del cardenal Castrillón: "con gusto cambiaría algunas de las homilías que he dado acerca de la pasión de Cristo por alguna de las escenas de esta película".
La Pasión de Mel Gibson parece una respuesta a la "llamada especial" que en su carta Juan Pablo II hizo a los artistas cristianos: "Quiero recordar a cada uno de vosotros que la alianza establecida desde siempre entre el Evangelio y el arte, más allá de las exigencias funcionales, implica la invitación a adentrarse con intuición creativa en el misterio del Dios encarnado y, al mismo tiempo, en el misterio del hombre. Todo ser humano es, en cierto sentido, un desconocido para sí mismo. Jesucristo no solamente revela a Dios, sino que «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre». (Gaudium et spes, 23)
En Cristo, Dios ha reconciliado consigo al mundo. Todos los creyentes están llamados a dar testimonio de ello; pero os toca a vosotros, hombres y mujeres que habéis dedicado vuestra vida al arte, decir con la riqueza de vuestra genialidad que en Cristo el mundo ha sido redimido: redimido el hombre, redimido el cuerpo humano, redimida la creación entera, de la cual san Pablo ha escrito que espera ansiosa «la revelación de los hijos de Dios» (Rm 8, 19). Espera la revelación de los hijos de Dios también mediante el arte y en el arte. Ésta es vuestra misión.
En contacto con las obras de arte, la humanidad de todos los tiempos -también la de hoy- espera ser iluminada sobre el propio rumbo y el propio destino" (n. 14). Esta ha sido la intuición artística y la intención del director y de los productores de La Pasión de Cristo. Los espectadores dirán si lo han logrado. Quienes la vieron antes del estreno aseguran que se trata de una auténtica obra de arte y que les suscitó una profunda experiencia de fe. La obra está servida. La experiencia estética y espiritual dependerá también de la sensibilidad artística y religiosa de cada uno.
La «Pasión de Cristo», de Mel Gibson, a examen en el Vaticano Entrevista exclusiva al padre Di Noia, de la Congregación para la Doctrina de la Fe
Sin violencia gratuita ni rastro de antisemitismo, con «la Pasión de Cristo» Mel Gibson ofrece una producción «de sensibilidad artística y religiosa exquisita», afirma el sacerdote dominico Augustine Di Noia, subsecretario de la Congregación vaticana para la Doctrina de la Fe.
Tras una proyección privada de la película el pasado fin de semana en Roma, miembros de la Secretaría de Estado vaticana, del Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales y de la Congregación para la Doctrina de la Fe --que supervisa las cuestiones doctrinales católicas-- expresaron su unánime aprobación de la versión dirigida por Gibson.
«Todo el que vea esta película, creyente o no, se verá obligado a enfrentarse con el misterio central de la pasión de Cristo, de hecho del mismo cristianismo: Si éste es el remedio, ¿cuál ha sido el mal?», constató el padre Di Noia --entre los espectadores-- en declaraciones exclusivas.
Sin ser un trabajo documental, sino de «imaginación artística», la película de Gibson «es absolutamente fiel al Nuevo Testamento» --confirma el padre Di Noia--: «incorpora elementos de la Pasión de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, manteniéndose fiel a la estructura fundamental común a los cuatro relatos».
Es impactante, en opinión del padre Di Noia, la interpretación de Jim Caviezel y Maia Morgenstern. «Caviezel comunica convincente y eficazmente que Cristo está sufriendo su pasión y muerte por voluntad propia, en obediencia al Padre, para satisfacer la desobediencia del pecado».
La interpretación de María de Maia Morgenstern «es igualmente poderosa», reconoció: «me recuerda algo que San Anselmo dijo en un sermón sobre la Virgen: sin el Hijo de Dios, nada podría existir; sin el Hijo de María, nada podría ser redimido».
La cuestión de la violencia
En opinión del padre Di Noia, la película «no es tan violenta como brutal». «Cristo es tratado brutalmente, sobre todo por los soldados romanos --explica--. Pero no hay violencia gratuita».
Se detecta que «Gibson está claramente influenciado por la representación de los sufrimientos de Cristo en la pintura occidental --continúa el padre Di Noia--. La completa ruina del cuerpo de Cristo --gráficamente manifestada en esta notable película-- debe situarse en este contexto de representación artística».
De hecho, «de una forma absolutamente coherente con la tradición teológica cristiana, Gibson nos presenta dramáticamente al Hijo Encarnado, que es capaz de llevar sobre sí lo que una persona corriente no podría, tanto en términos de tormento físico como mental», asegura.
«Al final, el cuerpo arruinado de Cristo debe contemplarse con los ojos del profeta Isaías, quien describe al Siervo Sufriente tan herido que está irreconocible», es más, «requiere los ojos de la fe ver que la desfiguración del cuerpo de Cristo representa la desfiguración espiritual y el desorden causado por el pecado», apunta el padre Di Noia.
Elementos distintivos y perspectiva eucarística
Para el subsecretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, la versión de la Pasión presentada por Mel Gibson presenta al menos tres aspectos originales respecto a otras cintas: uno de ellos «es la representación del demonio», rondando como una constante «presencia amenazadora».
Otro elemento «es la soledad de Cristo: de alguna forma, aún rodeado de multitudes, la cinta muestra que Jesús está realmente sólo soportando este terrible sufrimiento», constata el padre Di Noia.
Finalmente, está la «representación de la Última Cena a través de una serie de escenas retrospectivas intercaladas con la acción de la película».
«Parecidos "flashbacks" en el resto de la pasión y crucifixión nos llevan a la fracción del pan», y la audiencia, «a través de los ojos de Cristo, es testigo de cómo dice "Esto es mi cuerpo" y "Esto es mi sangre"», explica el religioso.
«El significado sacrificial y eucarístico del Calvario está representado a través de estas evocadoras escenas», observa.
«Estamos aquí ante una poderosa sensibilidad católica -reconoce el padre Di Noia--. En su reciente encíclica sobre la Eucaristía, Juan Pablo II dice que Cristo estableció el memorial de su pasión y muerte antes de sufrirla, en anticipación del actual sacrificio de la Cruz».
En la cinta de Gibson, «Cristo "recuerda" la Última Cena incluso mientras actúa el sacrificio del que hace memoria». «Para muchos católicos que vean estas imágenes, la Misa nunca será lo mismo», subraya.
La «culpa» de la «Pasión de Cristo»
¿Se culpa en la película de Gibson a alguien por lo que le ocurre a Cristo? Desde un punto de vista estrictamente dramático, «cada uno de los personajes contribuye de alguna forma al destino de Jesús», explica el padre Di Noia.
«Judas le traiciona, el Sanedrín le acusa, los discípulos le abandonan, Pedro le niega, Herodes juega con Él, Pilatos deja que sea condenado, la multitud se burla de Él, los soldados romanos le azotan y crucifican y el demonio está detrás de toda la acción».
«De todos los personajes de la historia, tal vez sólo María es realmente no culpable. (...) Ninguna persona ni grupo actuando independientemente de los demás es culpable: todos lo son», recalca el dominico.
«Sin embargo --constata--, desde un punto de vista teológico, Mel Gibson ha representado de una manera muy eficaz este elemento crucial en la comprensión cristiana de la pasión y muerte de Cristo».
En efecto, «la narración cuenta cómo los pecados de toda esta gente conspiran para provocar la pasión y muerte de Cristo, y sugiere la verdad fundamental de que todos somos culpables. Sus pecados y nuestros pecados llevan a Cristo a la cruz, y Él los soporta voluntariamente».
De ahí que, según el padre Di Noia, sea siempre «una grave mala interpretación» de la Pasión «intentar asignar la culpa a un personaje o grupo en la historia o, peor, intentar eximirse uno mismo de culpa», porque «si no soy merecedor de culpa, ¿cómo puedo estar entre los que comparten los beneficios de la cruz?».
En este sentido, «no hay absolutamente nada de antisemitismo o antijudaísmo en la película de Mel Gibson», asegura el subsecretario de la Congregación vaticana para la Doctrina de la Fe.
«La película ni exagera ni minimiza el papel de las autoridades judías y los procesos legales en la condena de Jesús -explica--, pero precisamente porque presenta una información exhaustiva de lo que podría llamarse "el cálculo de la culpa" en la pasión y muerte de Cristo, la cinta es más probable que sofoque el antisemitismo en los espectadores, no que lo provoque».
Más aún, desde una perspectiva teológica «la película comunica algo que los evangelistas y la Iglesia siempre han visto claro: lo que Cristo experimenta desde Getsemaní al Gólgota, y después, sería completamente ininteligible aislado de la alianza de Dios con Israel», concluye el padre Di Noia.
Mel Gibson, Tomás de Aquino y la Pasión de Cristo El padre Romanus Cessario ofrece una perspectiva teológica
Si la violencia en «La Pasión de Cristo» parece excesiva, puede que su director haya tenido una razón teológica válida. Así lo afirma el padre Romanus Cessario, un dominico que enseña en el seminario de St. John's, en Brighton, Massachussets, en este ensayo sobre la película de Mel Gibson.
Mel Gibson y Tomás de Aquino: cómo opera la Pasión Por el padre Romanus Cessario, O. P.
Ningún crítico que yo sepa ha sugerido que Mel Gibson, antes de ponerse a dirigir «La Pasión de Cristo», haya leído la «Summa Theologiae».
Pero debe haber leído la cuestión 48 de la tercera parte de la «Summa» del Aquinate. Allí, Santo Tomás examina cómo produce su efecto -su eficiencia, si se quiere- la pasión de Cristo.
La palabra eficiencia es un término técnico y filosófico que nos lleva a las cuatro causas de Aristóteles, y nos impulsa a investigar sobre qué es responsable de que algo llegue a ser. Al utilizarlo Santo Tomás, «eficientemente» no tiene las connotaciones que tiene su restringido significado en el lenguaje moderno de «trabajar productivamente con una pérdida mínima de esfuerzo o gasto».
Modos de la eficiencia La palabra latina «modum» puede compararse más o menos con la palabra «modelo». Los cinco modos que Santo Tomás discute en la cuestión 48 recogen juntos todo lo que los Evangelios transmiten sobre la salvación cristiana. Estos modelos responden a la pregunta, «¿Cómo logra nuestra salvación la pasión de Cristo?». Incluso los más declarados críticos de Mel Gibson están de acuerdo en que ésta es la cuestión que también él ha intentado contestar.
El modo del mérito Cuando Santo Tomás dice que «Cristo por su pasión mereció la salvación no sólo para sí mismo sino también para todos los que sean sus miembros», introduce la cuestión de la relación de la cruz con la Iglesia (1).
El mérito denota el derecho a una recompensa. La recompensa de la pasión de Cristo es la comunión beatífica abierta a todo miembro de la raza humana. Según la fórmula de San Anselmo, sólo Dios podría merecer tal gracia, mientras que sólo el hombre debe empeñarse en recuperar lo que había perdido. Cristo da la gracia no sólo por sí mismo sino también por sus miembros.
Por eso nosotros llamamos a esta gracia la «gracia capital» de Cristo ya que él sigue siendo la «caput Ecclesiae», la cabeza de la Iglesia. Algunos se preguntan por qué no podrían ser suficientes otros méritos de Cristo para ganarnos la recuperación de la vida eterna. Santo Tomás replica que Cristo hizo todo con la caridad más grande, pero la pasión sigue siendo una «clase de obra» que es la mejor conseguida para los efectos que nosotros le atribuimos.
Mel Gibson ha construido claramente su película de forma que asegure que el espectador entiende que esta clase de obra se ordena a un efecto que transciende a cualquier persona o suceso particular presentado en el drama. Es la pasión de «el Cristo».
Como en el drama griego, Gibson ha formado un reparto para la película que permita que emerja lentamente su significado universal dentro de la conciencia del espectador. Las proporciones épicas de la película, acentuadas por el acompañamiento musical, hacen partícipe al espectador de un sentido de lo universal y de lo majestuoso.
El modo de la satisfacción Santo Tomás recoge un tema que ha estado presente en la teología católica desde casi principios del siglo VI, pero que la mayoría de los estudiantes identifican ahora con el trabajo del arzobispo de Canterbury del siglo XI, Anselmo (1033-1109), «Cur Deus Homo?».
Santo Tomás informa sobre la enseñanza recibida: «La pasión de Cristo no sólo fue suficiente para la satisfacción de los pecados de la humanidad, sino sobreabundante» (2). La satisfacción cristiana está entre los temas teológicos menos estudiados en el periodo post-conciliar.
Al mismo tiempo, la renovación del interés en la Eucaristía como sacrificio debería incitar a los teólogos a volver a este modo de la pasión de Cristo, ya que sigue siendo la estrella polar de la práctica sacramental católica.
Santo Tomás sostiene que el sufrimiento de Cristo era completo y su dolor tan grande a causa de la dignidad de su persona que, junto a otras razones, la satisfacción que él ofrece es suficiente como recompensa por los pecados del mundo, desde el pecado original hasta el último pecado cometido. Mientras que el mérito logra la recompensa gracias a las buenas obras, la satisfacción exige la aceptación del castigo, de las obras difíciles.
Ningún otro tema emerge con más claridad en la película de Mel Gibson que el de la satisfacción de Cristo. Muchos comentaristas no han logrado observar que existe una razón teológica al presentar, incluso como algunos han afirmado, de modo excesivo, los sufrimientos de Cristo desde el momento de su arresto en el Huerto de Getsemaní hasta el «Consummatum est» final.
Si se admite que las escenas de castigo exceden la modestia de las mismas Escrituras, o si seguimos a quienes opinan que tras tales golpes y duro trato, nadie sería capaz de llevar a hombros la cruz o incluso andar, todavía estaría la explicación de que el artista eligió este exceso por una razón teológica.
Una larga tradición teológica apoya esta clase de modificación iconográfica: la Iglesia nos pide que ponderemos el precio que pagó el Salvador del mundo. Sin esta meditación, no se puede abrazar la plena dimensión de la piedad católica; por el contrario, nos podríamos ver rápidamente arrastrados a esas variadas formas de cristianismo dessacramentalizado que se ocupan exclusivamente de los estados psicológicos interiores.
El modo del sacrificio El sacrificio, escribe Santo Tomás, «designa lo que los hombres ofrecen a Dios como símbolo del especial honor que se le debe, y para apaciguarlo» (3). En su discusión sobre este modo, Santo Tomás permite que San Agustín proporcione la instrucción sobre el sacrificio, especialmente lo que el Doctor de Hipona dice en el libro X de «La Ciudad de Dios» (capítulos 5 y 6) y en su «De Trinitate». Brevemente, el sacrificio crea unidad: «para que podamos seguir siendo uno con él» (4).
La pasión de Cristo opera según el modo del sacrificio porque da lugar, en última instancia, a aquella unión de Dios y el hombre que llamamos visión beatífica. Qué diverso es el papel de los implicados en causar este sacrificio único, en el que Cristo es tanto víctima como sacerdote.
Santo Tomás contestaba a la objeción de que, puesto que los que matan a Cristo cometen un crimen horrible, no habrían podido dar cumplimiento a algo sagrado: «Por parte de quienes llevan a la muerte a Cristo, la pasión fue un crimen; por parte de Cristo, que sufrió por amor, fue un sacrificio» (5).
Mel Gibson presenta este tema con una exactitud que se adecua no sólo a los relatos bíblicos de la pasión, sino también a las afirmaciones teológicas aprobadas por la Iglesia con respecto a la responsabilidad de quienes participaron en llevar a Cristo a la muerte.
Nadie puede ver la película e irse sin un conocimiento de que hay dos clases de personas rodeando la escena de la crucifixión: quienes creen que lo que está ocurriendo se conforma con el plan de Dios, incluso aunque sufran un gran dolor, aunque no tristeza; y quienes no comprenden el misterio. Esta última clase de personas incluye, de un lado, aquellos con simpatías humanas naturales, expuestas principalmente a través de la mujer de Pilato, Claudia, y, de otro lado, aquellos que muestran una crasa indiferencia, especialmente los rangos más bajos de soldados romanos.
El modo de la redención. El tema de la redención o rescate emerge de los textos bíblicos donde se afirma que Cristo nos redime: 1 Pedro 1: 18ss., «sabiendo que habéis sido rescatados de la conducta necia... con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla», y Gálatas 3:13: «Cristo nos rescató de la maldición de la ley».
Cristo libera al hombre tanto del castigo del pecado mismo, el cautiverio o esclavitud que el pecado impone, como de la pena de la justicia divina que se opone a todo pecado porque Dios no puede actuar contra su justicia. La redención es lo opuesto a la esclavitud y al castigo; «estamos liberados», dice Santo Tomás, «de ambas obligaciones» (6).
El poeta y escritor de himnos latino Prudencio (348-410) expresa esta antigua verdad: «Mira, ahora al fiel se ha abierto,/ el brillante camino que conduce al Paraíso;/ se permite otra vez que entre el hombre/ al jardín que perdió por la serpiente» (7).
Por supuesto, este efecto sólo es posible porque es obra de la Trinidad entera. «Cristo como hombre, por tanto, es, hablando con propiedad, el Redentor inmediato, aunque la redención actual se puede atribuir a la entera Trinidad como causa primera» (8).
Desde el principio hasta el final, Mel Gibson no duda en incluir al diablo en la acción dramática de «La Pasión de Cristo». El diablo, «que incluso intentaría desviar a Jesús de la misión recibida de su Padre», aparece de forma andrógina no, según mi punto de vista, como un comentario sobre las costumbres sociales contemporáneas, sino para recordar a los espectadores que el diablo es «un mentiroso y el padre de la mentira» (9).
Lo que la gente cree que es bueno cambia para constituirse en una mentira sobre el bien de la persona humana. Es el relato más antiguo en el libro. En este caso, el libro es el Génesis... La Pasión de Cristo invierte la participación del hombre que ha sido expulsado del Jardín. Cristo aplasta decisivamente la cabeza de la serpiente.
Acaso no reconocemos de hecho que Gibson coloca en labios de María Magdalena la pregunta acostumbrada reservada al hijo más joven de una familia judía, «Para qué es esta noche...», y el que haga la pregunta a María, Madre de Cristo, es una muestra de que obra la nueva Eva. Por encima de todos los demás, María, la Nueva Eva, comprende que se ha inaugurado el gran cambio del apesadumbrado perdón del hombre.
El modo de la causa eficiente El artículo final de la «Summa Theologiae» IIIa q. 48 completa la discusión de la pasión al clarificar el estatus especial de quien ha sido crucificado.
«Dios es la causa eficiente principal de la salvación del hombre. Pero,» dice Santo Tomás, «puesto que la humanidad de Cristo es el instrumento de su divinidad, todos los actos y sufrimientos de Cristo operan instrumentalmente en virtud de su divinidad para llevar a cabo la salvación del hombre» (10).
Puesto que resulta imposible representar visualmente lo que es invisible, es difícil, sino imposible, representar a Cristo. El rostro de Dios permanece invisible. Los santos reconocen esta verdad. Se dice que el bendito Juan de Fiésole, Fra Angelico, había observado que, «Para pintar a Cristo, es necesario vivir con Cristo». Deberíamos tomarlo en su sentido escatológico.
Mel Gibson dirige a Jim Caviezel de forma que, en mi opinión, se acerca a la consecución de lo imposible. Hay Cristos de Pasolini, Zeffirelli, y Rosellini, pero el Cristo de Gibson consigue representar la más alta expresión de los valores humanos.
Aunque no soy crítico de arte, me parece que los principales excesos, incluso distorsiones, que algunos comentaristas han cuestionado, de hecho tienen el fin de mostrarnos que este hombre es más que un hombre. Que tenemos que buscar en otra parte la fuente de su resistencia humana.
¿Sería demasiado aventurado preguntar si Mel Gibson también indica la naturaleza divina de Cristo al sugerir que posee el conocimiento infuso? ¿Por ejemplo, cuando Cristo diseña una mesa europea del siglo XVI para palestinos del siglo I? ¿O cuando sin esfuerzo Cristo comienza a hablar con Pilato en latín?
Algunos expertos se han preguntado acerca de la ausencia del griego en la película; nadie que conozca ha conjeturado que el «Jesús histórico» pudiera haber tenido ocasión de aprender el latín conversacional.
No deberíamos dejar el modo de la eficiencia sin observar que Gibson no deja de lado la visualización de los signos de intervención divina en el momento de la muerte de Cristo que recogen los Evangelios.
«La Pasión de Cristo» no termina con meditaciones sobre las presumibles disposiciones interiores de los seguidores de Cristo. La película concluye más bien con la afirmación incuestionable de que esta crucifixión tiene como resultado eventos de significación cósmica que sólo puede producir Dios.
Déjenme concluir con unas palabras sobre la relación de la pasión de Cristo con la Iglesia.
Mel Gibson triunfa al enfatizar el carácter femenino de la Iglesia --sólo las mujeres tocan con reverencia la sagrada sangre, la Verónica, María, María Magdalena, y, por extensión, incluso Claudia, que proporciona el lino limpio para dicho propósito--.
Y al mismo tiempo, coloca a la Virgen Madre de Dios, María Inmaculada, en lo que obviamente es el contacto más cercano a los sufrimientos de su Hijo. Ella que es Madre del Redentor se convierte por este hecho en madre de todos los que son redimidos.
Vemos la meditación maternal de María desarrollada en la película. Gibson presenta a María que «se pone entre su Hijo y los hombres (¡Las escenas en que María nos mira directamente a nosotros!) en la realidad de sus privaciones, indigencias y sufrimientos (La escena de Pedro a sus pies). Se pone 'en medio', o sea hace de mediadora no como una persona extraña, sino en su papel de madre» (11). Las palabras son del Papa Juan Pablo II. Mel Gibson recoge lo que el Papa escribe en «Madre del Redentor» de una forma que sólo esto merece para la película el título de «católica».
Si reconocemos que la Pasión está relacionada con la Iglesia, también reconoceremos que está relacionada con la realidad de la conversión eucarística. Existe un cierto sentido de que toda la película trata de la Eucaristía. El Pan de Vida.
San Jerónimo ilustra esta verdad: «Pero dirás: ¿Cómo me prohíbes llorar, cuando también Jacob vestido de saco lloró a José? (Ver Génesis 37:35)... porque Cristo no había aún quebrantado la puerta del paraíso, todavía su sangre no había apagado la famosa espada de fuego y el torbellino de querubines sentados delante (ver Génesis 3:24; Cf. Ezequiel 1:15-20)... conforme a lo que dice el Apóstol, 'Y reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aun sobre los que no pecaron' (Romanos 5:14); mientras que en Jesús, es decir, en el Evangelio, en Jesús, por quien fue abierto el paraíso, a la muerte sigue el gozo» (12).
«La Pasión de Cristo» invita a sus espectadores a que reconozcan que, en el pan eucarístico que ofrece Jim Caviezel a sus discípulos-sacerdotes, descubrimos una fuente de amor que nunca termina. _______________________________ NOTAS. (1) «Summa Theologiae» IIIa q. 48, art. 1. (2) «Summa Theologiae» IIIa q. 48, art. 2. (3) «Summa Theologiae» IIIa q. 48, art. 3. (4) «De Trinitate» IV, 14 (PL 42:901), citado en Ibid. (5) «Summa Theologiae» IIIa q. 48, art. 3, ad 3. (6) «Summa Theologiae» IIIa q. 48, art. 4. (7) \"The Poems of Prudentius,\" trans. Sister M. Clement Eagan, \"The Fathers of the Church,\" vol. 43 (Washington, D.C.: Catholic University of America Press, 1962), p. 77. (8) «Summa Theologiae» IIIa q. 48, art. 5. (9) Ver 1 Juan 3:8 citado en el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 392; también, n. 394. (10) «Summa Theologiae» IIIa q. 48, art. 6. (11) Carta Encíclica de Juan Pablo II, «Mater Redemptoris», no. 21 (12). San Jerónimo, Carta 39, A Paula, sobre la Muerte de Blesila (Roma 389), en Epistolario, San Jerónimo, BAC, Madrid, 1993, págs. 345-347.
|
|